Camino al Bicentenario

Faltan

Sello de Lacre

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La Espada del Padre de la Patria

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La espada fue de un ilustre Gobernador del Paraguay Capitán General Don Fulgencio Yegros y Ledesma y luego de su primer Presidente Brigadier General Fulgencio Yegros

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Homenaje de las FF.AA. de la Nación a los Próceres Militares de 1811 Imprimir

La gestación de la Independencia fue la del roble, porque, para hacer reconocer y mantener esa soberanía, su lucha fue intensa y su frontera fue demarcada con las sangres de sus hijos.

Hoy, al derramar sobre estos benefactores de la Patria un manojos de recuerdos, no nos guía otro ideal, que la de asociarnos jubilosos y lleno de entusiasmos, ardientes de patriotismos, prendemos la pira eterna de gratitud que se eleva en homenaje silencioso a la fama de los Capitanes de Mayo.

La historia de nuestra Patria, está condensada desde su infancia en una herencia preciosa que nos legaron nuestros patricios.

No hay un rincón, un solo pedazo del suelo patrio, que no haya sido regado por la sangre del soldado paraguayo.

Semejamos a las flores del aire de los bosques primitivos, porque tenemos en nuestro idealismo una delicadeza intangible. Somos hijos de la naturaleza, que coronamos con la espina del dolor, y de sacrificios nuestro común destino. Llevamos en nuestra sangre el vigor de nuestro pasado, el germen del heroísmo y de los sacrificios que ellos infundieron a nuestro corazón; quienes dudan de nuestro pasado de glorias, basta abrir las rutilantes páginas de nuestra historia y verán, como debido a su mágica influencia, no solamente los mocetones fuertes, sino que también niños y ancianos, hasta mujeres, se alistaron en nuestro heroico Ejército, para ser posible la tragedia inmensa de la guerra grande, y la proeza grandiosa de la guerra del Chaco.

Pedro Juan Caballero, Fulgencio Yegros, Ignacio Iturbe, fueron los más ardientes propagandistas de la revolución.

La victoria ganada al ejército invasor de Belgrano, por nuestro ejército, tuvo el imán de revelar al país el poder de nuestras propias fuerzas y que nada debía esperarse del gobierno español de Velasco. A la sazón había perdido todo su prestigio de autoridad moral, por haber abandonado su puesto de honor en la acción histórica de Paraguarí, cuando los argentinos a paso de carga venían a ponernos una nueva cadena de opresión.

La gloria de esta jornada, como la de Tacuary, corresponde en primer lugar a los Jefes patriotas: TCnel. Manuel Antonio Cavañas (en el castellano de la época se escribía con V corta), Gamarra, Fulgencio Yegros, Cap. Pedro Juan Caballero y el alférez Ignacio Iturbe. Oficiales y soldados paraguayos que formaron parte en ambos encuentros con un valor y denuedo, dignos del inmortal renombre que más tarde conquistaron en los campos de batalla, durante nuestras épicas guerras.

Después de la capitulación de Tacuary, vencidos y vencedores, en una mutua comunión de almas, se comunicaron sus vistas y aspiraciones patrióticas de Independencia. El soplo revolucionario había echado su germen definitivo en todos los rincones de América, las ideas de libertad y justicia, por cuyo triunfo suspiraban todos sus hijos.

El General Belgrano, al retirarse del país con los restos de su Ejército, había sembrado la semilla de la revolución en el corazón de nuestros compatriotas y como el sentimiento de emancipación instintivo en todos los pueblos, existía ya latente desde los primeros tiempos del coloniaje, como lo prueba el pronunciamiento de los Comuneros. Y había venido elaborándose aún después de haber sido sofocado este movimiento popular; bastó una chispa para que produjera el incendio general. Fulgencio Yegros, y Pedro Juan Caballero proyectaron el plan de la revolución para derrocar al gobierno de Velasco y proclamar la Independencia.

Los patriotas comenzaron a despertarse definitivamente después de su prolongado letargo; se anhelaba ardientemente establecer un gobierno propio y constituir una Patria grande y progresista para ellos y las generaciones venideras.

Entre tanto la conjuración crecía, cuyo promotor, el nervio de la revolución, Cap. Pedro Juan Caballero, mártir y elocuente para la posteridad agradecida, se preparaba lenta y sigilosamente, celebrando sus sesiones en la casa de Juan Francisco Recalde, donde concurrían Vicente Ignacio Iturbe, José Tomás Yegros y otros. Sólo se esperaba la llegada del General Fulgencio Yegros con su tropa de Itapúa, para iniciar el movimiento, pero en la mañana del 14 de Mayo, el síndico procurador de la Ciudad, Juan Antonio Fernández, previno a su amigo Iturbe que “ya el gobierno sabía lo que estaban tratando”. Iturbe avisó inmediatamente a Caballero y esa noche resolvieron dar el golpe.

En efecto como a las 10 de la noche, Pedro Juan Caballero avanzó el primero con unos pocos de los suyos y ocupó el Cuartel sin ninguna resistencia.

La guardia que allí se componía de treinta y pocos de Curuguateños al mando del Alférez Mauricio José Troche, quien estando en el secreto de la conspiración prestó su más decidido concurso para el buen éxito de la empresa.

Los revolucionarios asumieron así, la plena responsabilidad histórica. Esa noche estaba escrito el primer capítulo del Paraguay Independiente.

La pequeña fuerza revolucionaria no pasaba de sesenta y dos hombres. Armados se prepararon para la lucha. Mandaron patrullas para reconocer las inmediaciones de la plaza y del cuartel. El Mayor Jefe de plaza —Cabrera— regresando con 10 hombres que había sacado para recorrer las calles fue arrestado por Iturbe a su regreso.

Antes del amanecer, se sacaron del cuartel seis cañones, apuntando cuatro a la casa del gobierno y dos a Santo Domingo donde existía fuerza de Velasco.

El grito de libertad estaba lanzado y aquel pequeño grupo de valientes mantuvieron su actitud firme y resuelta con serena calma, dispuestos a combatir como hombres libres para conquistar una Patria o sucumbir gloriosamente en la lucha.

En esta situación el gobierno español Velasco, fue intimado a que depusiera el mando, llegando a durar esta incertidumbre hasta el amanecer del día 15 de Mayo, cuando el Cap. Pedro Juan Caballero le mandó su última intimación en términos categóricos y perentorios; el intrépido Ignacio Iturbe, le dijo: Señor, quince minutos traigo de plazo para llevar su respuesta, pasado los cuales obrará la artillería que está con sus mechas encendidas y toda la fuerza lista. Es indispensable evitar desgracias.

El gobernador Velasco, que reconoció su impotencia para contrarrestar aquel movimiento patriótico se resolvió a aceptar, la capitulación y contestó: “Dígale al Comandante Caballero, que estoy dispuesto a todo, pues no quiero que corra una gota de sangre”.

Así quedó consumada la revolución de Independencia, sin dispararse un solo tiro, ni haberse producido aquellas escenas sangrientas que son inevitables en muchas ocasiones, cuando un pueblo rompe violentamente los lazos que le unen a otra Nación y se decide separarse de ella, para proclamarse libre y soberana. El sol de Mayo había descendido definitivamente sobre la Independencia de la Patria.

La tarde del  15 de Mayo, fue izada por vez primera la tricolor revolucionaria.

El estampido sordo de veintiún cañonazos de las viejas fortalezas saludaba el triunfo de la Independencia y el nacimiento de la joven República, a la faz del mundo. Es así, que nuestro pueblo, reivindicado y restituido al fin, a la libertad y para siempre. Nosotros los obscuros y silenciosos obreros del ejército, rendimos un sentido homenaje, ante tantas glorias y saludamos con la emoción más grande y sincera que despertara el recuerdo de esa odisea sin igual, recordamos con cariños vehementes a nuestros próceres de Mayo  quienes dieron la orientación definitiva a la Independencia Nacional.

Contemplad nuestra hermosa bandera, testigo de tantas hazañas, con los colores patricios del prócer, colores de redención, de sacrificios y de victorias arrancadas a las cimas más altaneras, festoneadas con los flecos de las nubes, como penachos de crin de recios cascos de plata, a la alborada precursora que hacen del trágico choque de la luz y de la sombra como un feroz desgarramiento de la carne viva; al cielo intensamente azul en que se engarza como la cifra simbólica de los destinos fraternales de un mundo, el sol que pusiera el fuego de sus rayos en las armas de los próceres y que iluminan el paso de los pueblos a través de todas las borrascas de la historia.

YEGROS—CABALLERO—ITURBE. Padres ilustres de la República del Paraguay, que moráis en las regiones divinas de la inmortalidad, fundadores de la libertad y de la Independencia de la Patria, eterna sea vuestra memoria por la presente y futura generación. Hacemos votos en el altar de la Patria para que vuestros nombres ilustres se cierren siempre sobre la inteligencia, sobre el corazón y sobre la voluntad de todos los paraguayos, inspirándonos aquel fuego sagrado, patriótico de que estabais poseídos.

YEGROS—CABALLERO—ITURBE: Próceres de la Patria, sacrificados gloriosos por sus ardientes inquietudes patrióticas: Escuchad desde lo infinito, los acentos que con lágrimas de orgullo renuevan en cada aniversario de la Independencia de la República del Paraguay, estos vuestros hijos a quienes heredasteis una Patria libre e independiente.

 

Fuente:

Fragmento del discurso del Cnel. Adalberto Canata, el 14 de mayo en la Plaza de Armas de López De Filippis.
Fotografía Archivo Fulgencio Yegros.



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